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domingo, 14 de noviembre de 2010

CUANDO EL ESTRUENDO DEJA PASO A LA SOLEDAD



Llegar a Delhi supone un cambio brutal en el ritmo de la vida de cualquier occidental, no solo por el cambio de continente sino por el cambio total de sensaciones. Aterrizo de madrugada y ya, con las primeras luces del alba, la ciudad se vuelca sobre mi. Un estruendo de coches y claxones al unísono, el aire pegajoso que se apodera de tu cuerpo, el olor a curry que lo impregna todo, las miradas orientales complacientes para agradarte y la sensación de que necesitas que te dejen en libertad.

Por suerte esta vez, huyo de la ciudad, cuna de la cultura hindú para buscar la lejanía de la jungla, de las carreteras estrechas, de los saris y los santones y los niños que me saludan cortésmente desde el arcén, huyo del estruendo en la búsqueda de lugares más amables que me traigan la India que viví en mi primera visita hace ya muchos años.

La suerte ha querido que pinchemos en nuestro camino, un viejo Toyota intercooler que me trae a la memoria a mi buen Monchi, no ha podido con la vasta carretera y aparcado en la orilla busca remedio a un múltiple pinchazo mientras yo, feliz por la anécdota, me estiro en la hierba fresca de un prado cercano a contemplar el horizonte. Los agricultores se me acercan curiosos, las moscas molestan lo suyo, pero yo me siento tan solo como la primera vez y me acuerdo de todos y cada uno de los que van a leer este blog de viajes, de los que se que disfrutan con mis aventuras, de mi seres queridos que me anhelan y de los que un día compartieron conmigo instantes como este. Tendido en la hierba, en la inmensidad de Madia Pradesh en el centro de la India, siento la soledad del viajero y la inmensa alegría de volver a donde todos deberíamos llegar alguna vez. Alcanzar el nirvana esta lejano, pero la quietud y la paz no son difíciles de conseguir.

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