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miércoles, 17 de noviembre de 2010

EL QUE DECIDE EL MUNDO: UNA ANÉCDOTA DEL TREN EN LA INDIA

 Quiso el destino y la casualidad que en uno de mis enormes tránsitos por las poco recomendables carreteras de la India, en un paso a nivel cualquiera de los múltiples que son herencia de la exagerada Inglaterra, nos paráramos a esperar que pasara el tren. Lo que allí sucedió pudo ser anécdota explicada a los nietos por cualquier abuelote o simplemente la imaginación del viajero, pero os juro que yo lo he vivido.

En el preciso instante que se bajo la barrera, nosotros quedamos los primeros de la fila y pude ser espectador privilegiado. Un funcionario de agujas cuando baja la bandera, se convierte en el rey de la India los instantes que dura esa bajada, instantes o minutos e incluso horas. El mundo debe pararse en ese instante mágico, el funcionario ataviado como militar y con dos banderas en sus manos, sale al arcén y detiene el tiempo. ¿ o no?.

Por qué Rashid, un mozalbete de piernas escuálidas y pelo negro, decidió pasar la vía pese a la advertencia, es domingo y su lechera va llena, se dirige a casa, le espera la familia y eso es más importante que ningún tren, sólo paro para mi foto y sonriendo siguió su camino. Tampoco para el reloj de Amed, un abuelote de ochenta y muchos años que empujaba su bicicleta incapaz de subirse en ella. Amed ya no puede pedalear pero su bicicleta es sagrada y después de tantos años nadie decide cuando debe pararse, solo se parao para bendecirme y darme la mano. Tampoco lo es para la mujeres que cargadas con enormes fardos de verduras avanzan a paso firme hacia el mercado dominical, su enorme carga es suficiente para saltarse cualquier orden gubernamental. Sahid y Vikran, son dos amigos que disfrutan del domingo viendo pasar la vida desde el arcén, cruzan la vía a saludar a unos y a otros y un extranjero con cámara merece la pena de ser saludado y nadie va a impedírselo. Rasmid estrena su nueva moto, una Suzuki muy bien plantada, es su primer día, pelo engominado, chaqueta lustrosa y ganas de estrenar. No hay vía que se interponga.

Cuando veinte minutos después paso el tren, mire al guardavías con su bandera roja subida y pensé, se acabo tu momento, pero me equivocaba. Seguía serio al pie de la vía, no estaba dispuesto a perder su momento de gloria , máxime cuando en quince minutos debería pasar el pasajeros de Delhi. No abrió la barrera. Pero yo no me inmute, seguí con mi cámara retratando gente que era dueña de su propio destino, un señor cargado de fardos de arroz, una familia entera montada en una moto, varias niñas vestidas de domingo e incluso un militar muy serio con traje de faena.

Paso el tren de Delhi, veloz, raudo. La estación se llamaba Umaria, el guardavías no me dio su nombre, treinta minutos de espera era su precio para nosotros. Había decidido parar el mundo y lo consiguió, pero no para los pobres de la India, cuya única pertenencia es su tiempo y sus escasas ropas. Lo consiguió para todos los que íbamos en modernos todoterrenos, pagados con rupias frescas o en autobuses de lujo para turistas. En ese momento, el modesto guardavías de la estación de Umaria, tuvo en sus manos el reloj vital de mucha gente y lo utilizo con la parsimonia que heredó de la educación anglicana que recibió. En ese momento el guardavías tuvo en sus manos algo que a veces a los demás nos cuesta conseguir, tuvo en sus manos por unos minutos el reloj del tiempo y se permitió pararlo.

Como ando por esos mundos de Dios, tengo problemas para cargar fotos, pero las he dejado en este album de Facebook. Que disfruteis. http://www.facebook.com/?f=1&sk=messages#!/photo.php?id=552494308&pid=5330486

Otra entrada de la India en  http://laescapadadelturistaaccidental.blogspot.com/2010/11/el-kamasutra-en-khajurajo.html

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