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domingo, 19 de febrero de 2012

MARAVILLA DEL MUNDO MODERNO: PETRA. JORDANIA (V)

En un intento por redefinir las nuevas maravillas del mundo moderno, un empresario suizo organizó una multimillonaria encuesta vía internet y mensajes de texto para saber cual serían esas nuevas maravillas; en la votación con gran apoyo popular pero escaso interés oficial salieron elegidos algunos de los más hermosos edificios y complejos edificados por el hombre: el Taj Majal en la India, el Cristo Redentor de Brasil, la pirámide de Kukulkan, en el complejo de Chichen Itza en México, el Coliseo en Roma, la Gran Muralla China, la Ciudadela de Machu Pichu en Perú y la ciudad de Petra en Jordania, de la que hoy os hablaré y con categoría especial, por pertenecer a dos eras, fue designada las Piramides de Egipto. Casi todas he tenido la suerte de visitarlas y de todas, os hablaré algún día. Hoy he estado en Petra.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985, la ciudad perdida del reino nabateo es una maravilla y un espectáculo que el hombre levantó para adorar a sus dioses y sus ancestros. Ubicada en las estribaciones del desierto de Wadi Rum, cerca del Mar Muerto, en un cañón que recoje las aguas de los montes de Petra, los nabateos, una tribu antigua que tuvo su esplendor en el siglo VI, pero de los que se tienen datos desde 3 siglos antes de Cristo, supieron crear un entramado de canalizaciones y conductos de agua en una tierra sedienta, para atraer a sus ciudad a las caravanas que venían de La Meca o que regresaban de la ruta de la seda en Asia. Dicen que pos los estrechos pasos del cañon, llegaron a pasar hasta caravanas de 2.000 camellos y vivieron en la ciudad más de 25.000 personas. Dicho así parece fácil, pero por las fotos podréis apreciar cuan angostos eran esos cañones y pasadizos.

Y una vez dentro uno se desmaya  como hiciera Sthendal en Florencia, la violenta belleza que se asoma tras un hueco en el barranco del Tesoro nabateo,  las tumbas esculpidas para honrar a los muertos, el detalle sobre el filo de un barranco de las Tumbas Reales, los estucos tallados sobre la roca viva, el ascenso sin fin hasta el Monasterio y la locura que se desató para construirlo a casi 1200 metros de altura por unas escaleras que luchan por llegar al cielo, los precipicios sobre la meseta del altar de los sacrificios o los kilómetros y kilómetros de canalizaciones donde recogían las escasas aguas de los torrentes del desierto. Una maravilla difícil de explicar. Imaginamos que en 1812, cuando Johann Ludwing Burckhart ( el gran explorador suizo) se encontró aquella maravilla abandonada donde solo vivían los beduinos errantes, se debió quedar "petrificado".

Hoy, por sus calles,  miles de turistas se afanan en fotografiarse junto a los templos mientras desdecendientes de aquellos beduinos, nos invitan a subir en sus burros o camellos para hacer más fácil el transito de esos 8 largos kilómetros de ascensión o los ocho de vuelta. El cansancio del recorrido se alivia con la visión de tan magnifica obra humana y con los puestos de los beduinos que nos ofrecen té constantemente.  Al final, merece la pena sentarse de nuevo en el café frente al Tesoro, ahora, tras el esfuerzo, nos sentimos recompensados de ser tan afortunados de haber podido llegar hasta aquí.

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