El Latido de los Andes: Historia, Volcanes y Leyendas en el Cañón del Colca
| Condor con crías en el Valle del Colca. Foto de Juan Marcelo |
Dejamos atrás los patios coloniales y los cielos nítidos de la infancia de Vargas Llosa para adentrarnos en las zonas desoladas de la puna, allí donde la piedra se vuelve paisaje infinito y el aliento empieza a faltar. Vamos buscando el Cañón del Colca.
Este colosal desfiladero se ubica a unos 151 kilómetros de Arequipa y a tan solo 45 minutos del pintoresco pueblo de Chivay. Cada madrugada, decenas de vehículos serpentean por las carreteras altoandinas, transportando a viajeros de todo el mundo que anhelan presenciar el vuelo de los necrófagos alados más imponentes del planeta. Sin embargo, el peaje que exige la cordillera es inmediato y físico. A estas altitudes, el aire se vuelve un lujo invisible y esquivo; la atmósfera llega a adelgazarse de tal forma que cada bocanada aporta menos vida que la anterior y el pecho se ensancha, desesperado, intentando encontrar sustento en la escasez. El corazón, frenético y desbocado, golpea contra las costillas tratando de bombear el torrente que nuestra biología le reclama. Mientras tanto, en las sienes, una presión continua nos recuerda que este no es territorio para el turista efímero que debe huir de las alturas; es el hogar eterno de aquellos que conviven con los cóndores desde que sus ancestros ocuparon estas tierras.
Asomados al borde del abismo, encaramado en su posadero de roca gris, una silueta oscura rompe la monotonía de la piedra. Tras un instante de quietud solemne, el cóndor se lanza al vacío, entregándose por completo a la nada en una caída libre que estremece el pecho del observador. Verlo caer es sentir un vuelco en el estómago, un vértigo ajeno que se transforma en puro asombro cuando, con una naturalidad asombrosa, despliega sus descomunales alas y detiene el descenso. Sin un solo aleteo, sin el menor rastro de esfuerzo, captura la corriente invisible del cañón y asciende majestuoso, flotando a pocos metros de nuestras cabezas. En ese segundo, el silencio que inunda el mirador es absoluto; la mirada se clava en sus alas extendidas que crucifican el cielo y uno comprende, con una mezcla de reverencia y envidia, que ha sido testigo de la libertad en su estado más puro.
| El condor sobrevuela el cañón del Colca |
Mientras, de fondo, flotando en el viento cortante, se escucha el eco nostálgico de las flautas andinas, cuyos sonidos agudos y profundos parecen imitar el silbido del aire entre las grietas del gran Cañón del Colca. Esa melodía, que evoca la inmortal versión de El cóndor pasa, es el compás real que marca el transcurso de una vida tranquila y mística en pueblos como Chivay, donde el pasado prehispánico y la naturaleza indómita conviven en perfecta armonía.
El paisaje cobra vida bajo esa banda sonora ancestral. Al borde de los caminos, el viento transporta el siseo suave de las manos de las mujeres de las etnias locales, Collaguas y Cabanas, quienes cosen con paciencia y maestría la suave lana de alpaca. Descendientes de naciones que florecieron tras la caída de la cultura Wari hacia el año 1200 d.C., estas mujeres conservan su historia en sus vestimentas. En la zona alta, las mujeres collaguas tejen sombreros de tela blanca con un tupido y plano bordado característico, mientras que en la zona baja de Cabanaconde, las mujeres cabanas lucen orgullosas sus monteras de fieltro adornadas con coloridas cintas y lentejuelas.
| Cholita de la etnia cabana |
Esta riqueza cultural y ganadera no pasó desapercibida para el Imperio Incaico, que en el siglo XV incorporó el valle al Tahuantinsuyo mediante alianzas diplomáticas, consolidadas cuando el inca Mayta Cápac contrajo matrimonio con la princesa collagua Mama Yacchi. Con la llegada de los incas, la música de las flautas también resonó con fuerza en las laderas del cañón durante las faenas colectivas. Los cusqueños perfeccionaron los colosales sistemas de andenería y construyeron canales de irrigación y qullqas (depósitos de alimentos) para almacenar el maíz y la quinua, integrando el valle a la gran red vial del Qhapaq Ñan.
Más arriba, rompiendo la quietud de las llanuras frías y secas que superan los 4,000 metros de altitud, se extiende la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca. Allí, la melodía del altiplano acompaña el trote ágil y elegante de las vicuñas, los camélidos silvestres que corren libres en grupos familiares. Protegidas por una de las fibras más finas del planeta para soportar las gélidas noches de la puna, las vicuñas siguen siendo cuidadas por las comunidades mediante el Chaccu, un método de captura y esquila comunitaria heredado de los incas. Mientras las vicuñas ganan la llanura, una tímida vizcacha andina se adormila en unas rocas, completamente inmóvil ante los primeros rayos del sol matutino para regular su temperatura corporal, lista para saltar ágilmente entre las grietas ante el menor peligro.
| Vizcacha andina tomando el sol |
El horizonte de este mundo andino está dominado por los imponentes volcanes, los "gigantes dormidos" que las comunidades veneran como Apus o deidades protectoras. En la fría mañana, el volcán Sabancaya (5,976 msnm), el segundo más activo del Perú, fuma tranquilo y exhala densas fumarolas que se tiñen de blanco y gris en el cielo azul. A su lado descansan el extinto nevado Hualca Hualca (6,025 msnm), origen sagrado de los Cabanas, y el colosal Ampato (6,288 msnm), en cuya cumbre helada los incas ofrecieron a la "Momia Juanita" en el ritual sagrado del Capacocha para aplacar la furia de la tierra.
La mitología local cuenta que el Hualca Hualca y el Ampato eran dos feroces guerreros que competían por el control del agua, arrojándose fuego y cenizas en batallas que hoy la ciencia reconoce como erupciones simultáneas, hasta que los dioses los cubrieron de nieve perpetua para pacificar el valle. Hacia el oeste, el imponente nevado Coropuna (6,425 msnm) esconde otra antigua leyenda: la de una princesa prehispánica que desafió las leyes imperiales por amor y fue castigada convirtiéndose en montaña de hielo. Los lugareños aseguran que los riachuelos cristalinos que descienden del Coropuna para regar las sedientes pampas de Aguada Blanca son las lágrimas eternas de aquella princesa. Así, entre el misticismo de sus leyendas, el vuelo del cóndor y las notas melancólicas de las flautas que se pierden en el abismo, la vida en el Colca transcurre en una quietud eterna y sagrada.
| Vicuña, el camelido andino |
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