La vida en el PN de DOÑANA: la canícula del atardecer y el frescor de una nueva mañana
Doñana desvela en verano sus secretos más íntimos: un escenario donde la supervivencia y la belleza salvaje se abren paso en cada rincón. Hay un momento en el Parque Nacional de Doñana donde el tiempo parece detenerse. Es el calor plomizo del final de la tarde, ese sopor estival que aplasta el matorral y calla a los pájaros. Pero no es más que una tregua. Cuando la luz empieza a declinar y el aire abrasador da paso a la leve brisa del crepúsculo, la arena despierta. Como si un resorte invisible se activase, los habitantes de la marisma y del monte bajo abandonan sus refugios a la sombra y la vida vuelve a hacerse visible. Sobre los cielos abrasados del Coto del Rey, una silueta se recorta con elegancia sobre el lienzo dorado de la tarde: es el águila imperial. Majestuosa y serena, cruza la inmensidad del paisaje buscando su posadero nocturno en las copas de los pinos, deteniéndose antes sobre los altos postes de electricidad para otear por última vez hoy su territorio. Al mismo tiempo...
