KENIA: RASTREANDO LEOPARDOS EN ÁFRICA
Rastrear a un gran gato, en este caso un leoapardo, es una de las actividades más emocionantes en las que se puede involucrar una persona, puesto que conecta con posos evolutivos muy profundos.
Y, si el gato objeto de nuestra búsqueda activa es un leopardo, esos sedimentos se remueven hasta enturbiar nuestra mente con un estado de alerta y una atención tan focalizada, que perdemos de vista todo lo que no sea encontrar al más esquivo de los grandes depredadores africanos.
En esto estamos, circulando lentamente por entre el nyika de Samburu, uno de los mejores lugares de África para observar leopardos. Sabemos que está ahí y todos los pasajeros de nuestro coche estamos en ese momentum. Los claros entre las acacias enanas de aceradas espinas se abren y cierra como ventanas, a medida que pasamos. Aquí y allá, aparecen parejas de dik-dik, antílopes poco mayores que una liebre, habitantes del laberinto del matorral.
Al pasar por una de esas ventanas
entre la espesura, Jaume exclama ¡leopardo! Pasan unos segundos eternos en los
que el matorral nos oculta lo que nuestro compañero ha entrevisto y, cuando
superamos la pantalla vegetal, está ahí, evidente e invisible al mismo tiempo:
una preciosa hembra de leopardo descansa sobre la cima de un termitero. Es
pequeña, de ojos verde-ambarinos, típicos de los leopardos africanos y con la
cara ligeramente ahumada, rasgo que ya observé en otra hembra en esta misma
reserva, aún más evidente, hace casi cuatro años.
La ubicación de un animal puede
parecernos azarosa cuando nos encontramos con él, pero ellos siempre tienen sus
motivos, aunque nosotros los desconozcamos. Aún no sabemos qué hace allí esa
gata, aparte de posar para nosotros, hasta que, pasados unos instantes, se pone
en marcha.
Como ocurre en los parques con grandes félidos, en cualquier lugar del mundo, la voz de que se ha localizado uno de ellos corre entre los diferentes vehículos de safari e, incluso en un lugar tan (agradablemente) poco frecuentado como Samburu, cuatro o cinco todoterrenos aparecen de la nada y se congregan alrededor de la leopardita. Los coches la vamos siguiendo en su campeo, lentamente, respetando la distancia que ella misma nos marca y sin interponernos en su camino. Pero, no somos los coches de safari los que penetramos en su esfera íntima, sino más bien al contrario: ¡nuestra hembra está acechando y está utilizando los parapetos móviles que suponen los coches para ocultarse a sus presas!
La cazadora encuentra otro termitero
y se encarama a él para otear. Su objetivo son los dik-dik, que tanto abundan
en este rincón de la atormentada estepa arbustiva. De nuevo, desciende de su
atalaya y vuelve a ocultarse usando los coches, llegando incluso a pasar por
debajo de los mismos, para atajar sin ser vista.
Aparece y desaparece de nuestro
campo de visión, como el verdadero fantasma que debe ser para sobrevivir. En un
momento, la pierdo y Cris, mi compañero kikuyu
me dice que me asome al retrovisor de mi lado, pero desde su punto de vista:
ahí está la gata y, a través del espejo, nuestras miradas se encuentran en un
instante mágico.
Se nos está haciendo de noche y
debemos de abandonar la observación. Es justo dejar a la leopardita de la cara
ahumada y a los antílopes resolver sus cosas en la intimidad de la noche
africana.
Todos los componentes de nuestro
safari, repartidos entre dos coches, llegamos a nuestro campamento eufóricos.
Al reunirnos, nos abrazamos emocionados y se nos escapa alguna lagrimilla. Más
tarde, no dejo de darle vueltas a la extraña encrucijada en las relaciones que los humanos mantenemos con alguna de las especies con las que hemos co-evolucionado
durante tantos milenios.
Si quereis acompañarnos en nuestra próxima aventura keniata, descargaros la información desde este enlace.
Maravilloso relato, a los que por cierto, nos tienes acostumbrados a tus lectores.
ResponderEliminarMi primer leopardo lo vi contigo en India y eso es algo inolvidable.
Gracias por compartir a esta preciosidad.
Abrazos amigo José Carlos.
Muchísimas gracias. Cada encuentro con un leopardo es muy especial, pero el primero es, efectívamente, inolvidable. Y, si además, lo compartes, el momento pasa a formar parte de tu historia sentimental. Un abrazo.
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