AREQUIPA: Crónica de una ausencia en la Ciudad Blanca
| El volcán Misti preside la ciudad |
En Arequipa, ciudad Patrimonio de la Humanidad, se padece de luz. El sillar reflecta un mediodía perpetuo que encandila los ojos cuando aterrizamos en el aeropuerto y obliga a levantar la mirada hacia el Misti, ese guardián de ceniza y nieve que preside el valle como un dios severo. Vine a esta esquina del mundo buscando un rastro de tinta, la huella dactilar de Mario Vargas Llosa en las calles que lo vieron nacer. Quería encontrar al cadete, al rebelde, al hombre que diseccionó el poder y el deseo. Pero la literatura, como la memoria, tiene sus propios altares y sus propios olvidos.
A Mario lo encontré, por supuesto, en la pulcritud de los catálogos. Está encerrado con llave de oro en la fastuosa biblioteca que lleva su nombre, un santuario de miles de volúmenes donde su legado se custodia como una reliquia santa. Está en los discursos oficiales, en las placas de bronce, en las rutas turísticas que los intelectuales trazan con el dedo. El premio Nobel habita el Olimpo arequipeño, una deidad de sillar que se mira pero no se toca.
| En al biblioteca Vargas Llosa de Arequipa |
Mi peregrinaje me llevó inevitablemente hasta su casa natal, en la avenida Parra. Es una hermosa casona decimonónica, hoy convertida en un museo interactivo que recrea sus primeros años y sus obsesiones. Sin embargo, al contemplar su fachada hoy me asaltó una certeza ineludible: el escritor nunca cambió de acera. A pesar de los mitos de juventud y los vaivenes ideológicos que la historia le adjudica, Vargas Llosa siempre vivió en la acera derecha de la vida, en ese lado donde el orden, el privilegio y las instituciones sostienen el mundo. Con su rica, milimétrica y prodigiosa prosa, modeló un deambular impecable por la existencia, utilizando la palabra no para transformarse, sino para justificar su propio peso en el ala más conservadora del tablero. Una maestría verbal que le sirvió de escudo para ignorar lo dicho ayer, borrando con elegancia sus viejos compromisos revolucionarios para instalarse, sin culpas, a vivir del presente absoluto de la gloria institucional.
Quizás por eso, al bajar a la calle y rozar el tejido vivo de la ciudad, el panorama cambia. El pueblo parece haber aplicado esa vieja máxima del desdén aristocrático. Como si fuera una Isabel Preysler de los Andes —elegante, distante, experta en el arte de pasar la página con una sonrisa gélida—, la memoria popular parece haberlo olvidado, o peor aún, haberlo archivado en el cajón de los parientes lejanos a los que se respeta pero ya no se extraña. En los mercados, en los colectivos que suben a Yanahuara, el apellido Vargas Llosa suena a historia antigua, a un eco que pertenece más a Madrid o a París que al rumor cotidiano del río Chili.
Pero la literatura es un animal astuto y siempre encuentra la forma de fugarse de las bibliotecas y de los museos oficiales.
| Cae la tarde en la Plaza de Armas de Arequipa |
Al caer la tarde, cuando el cielo de Arequipa se tiñe de un azul eléctrico y violáceo, la ciudad revela su verdadera naturaleza vargasllosiana. No está en las estatuas, sino en la atmósfera. Se esconde entre los muros rojos y azules del Monasterio de Santa Catalina, en esos callejones de monjas mudas donde el silencio todavía cruje con el peso de los secretos coloniales y las vocaciones forzadas.
Y explota, finalmente, en las terrazas que circundan la Plaza Mayor.
Allí, con un vaso de pisco que quema la garganta y enciende el pensamiento, la ciudad recupera su pulso. Contemplando las arcadas perfectas bajo la sombra del volcán, el viajero atento empieza a escuchar los murmullos. De pronto, los soportales ya no son solo arquitectura; son los escenarios de El pez en el agua. Las páginas de esa memoria partida en dos —la del joven que descubre la crueldad del padre y la del candidato que descubre la orfandad de la política— cobran vida en el aire denso de la noche arequipeña.
Comprendo entonces que el pueblo no lo ha olvidado por descuido, sino por una extraña forma de justicia poética. A Vargas Llosa no hay que buscarlo en el vecindario corriente porque su literatura ya no habita en las preocupaciones del día a día; se mudó para siempre a la geografía de sus libros. Mientras el Misti siga recortando el horizonte y el pisco siga disolviendo las penas en la plaza, los párrafos de su vida seguirán flotando en el aire de Arequipa, grabados invisiblemente en la misma piedra blanca que sostiene a la ciudad.
Allí, con un vaso de pisco que quema la garganta y enciende el pensamiento, la ciudad recupera su pulso. Contemplando las arcadas perfectas bajo la sombra del volcán, el viajero atento empieza a escuchar los murmullos. De pronto, los soportales ya no son solo arquitectura; son los escenarios de El pez en el agua. Las páginas de esa memoria partida en dos —la del joven que descubre la crueldad del padre y la del candidato que descubre la orfandad de la política— cobran vida en el aire denso de la noche arequipeña.
| Una placa más del desolado Vargas Llosa a la que la ciudad rinde constante homenaje |
Comprendo entonces que el pueblo no lo ha olvidado por descuido, sino por una extraña forma de justicia poética. A Vargas Llosa no hay que buscarlo en el vecindario corriente porque su literatura ya no habita en las preocupaciones del día a día; se mudó para siempre a la geografía de sus libros. Mientras el Misti siga recortando el horizonte y el pisco siga disolviendo las penas en la plaza, los párrafos de su vida seguirán flotando en el aire de Arequipa, grabados invisiblemente en la misma piedra blanca que sostiene a la ciudad.

Muy cierto, y a la vez entrañable.
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