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sábado, 15 de diciembre de 2012

LA TRISTEZA DE UN PAÍS: RUANDA



Ya ha corrido mucho el tiempo desde que los belgas dejaron Ruanda en estado de schok y en manos de gobienros corruptos, ha corrido mucho el tiempo y si no podemos declararlos como culpables de lo que allí sucedió en el genocidio, si debemos apelar a la historia para reconocer que la denominación belgas sobre la zona de los grandes lagos, sólo trajo desgracia, muerte, empobrecimiento de esos pueblos, desigualdades y sobre todo tristeza. No ma importa que me rebatan estos pensamiento uno y mil veces, tampoco que alguien me llegue a denunciar, pero la tristeza del pueblo ruandés, no es solo fruto de una lucha de tribus, de un enfrentamiento entre clanes, los belgas con su poderío militar, con sus intereses económicos en la región, con su despotismo y con sus ansias de robar, sembraron el caldo de cultivo para lo que sucedió en la región durante varias décadas del siglo pasado: el Rey Leopoldo de Bélgica es el responsable de cuanto sucedió por conocer la realidad de este empobrecido país, por fomentar las desigualdades y por apoyarse en un régimen corrupto y sangriento. El Rey Leopoldo dejo una herencia en la zona de los grandes lagos de odio, destrucción, saqueos masivos, innominias..., que un siglo después ni su familia real ni todos los que lo apoyaron han sido capaces de disculpar.

Y la iglesia católica ha sido cómplice de esta historia como lo fueron más tarde las autoridades francesas y las tropas que desplegó en ese país. François Miterrand y su hijo, si un socialista, contribuyeron a llenar de armas el país a sembrar el caos y son responsables colaterales de todo lo que allí sucedió. No quiero hacer una artículo de historia y mucho menos hablar del genocidio sucedido en Ruanda, solo quiero comenzar una escapada a Ruanda contándoles que he visto un pueblo muy triste, serio, esquivo y que todo ello no es más que fruto de la historia reciente de luchas entres tribus y de arbitrariedades cometidas por todos los bandos en conflictos y por las potencias coloniales y la iglesia que ayudo a fomentar las diferencias entre todos ellos.

Y al sacar mi cámara a pasear, la debo bajar muchas veces y no dispararla, me es imposible, no había sentido tanta tristeza en ninguno de mis viajes africanos, no había sentido que estorbaba tantas veces seguidas en tan poco tiempo. Niños que trabajan con cuatro o cinco años, mujeres sobrecargadas y esqueléticas por el trabajo, miradas cansinas, gente muy pobre, niños muy tristes, sus madres más tristes aún, poblados sin luz, ni agua, ni comida, interlocutores que no sostienen la mirada ante el “amusungu” , el hombre blanco que les habla, hoteles desvencijados y estanterías vacías…, así se inicia esta escapada a Ruanda.

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