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martes, 6 de junio de 2017

ZIMBAWE: LAS CATARATAS VICTORIA



En 1855, cuando el explorador escocés David Livingstone descubrió para Occidente las cataratas, se decidió a llamarlas como la reina de Inglaterra. En consecuencia, la localidad zimbabuense que se aloja junto al salto se llama también Victoria Falls. Tiene un romántico sabor colonial, que se plasma en algunos hoteles y restaurantes pero, sobre todo, en la estación del ferrocarril. Es una de las paradas del Rovos, uno de los trenes más lujosos del mundo, que proveniente de Ciudad del Cabo se detiene aquí en su camino hasta Dar es Salaam, en Tanzania. La parada está en medio de un puente. Precisamente al cruzar el puente metálico se llega a la población gemela de Victoria Falls en el lado zambiano. Se llama Livingstone en honor al explorador escocés, que murió en ese país en 1873. De hecho, la única estatua que le rinde homenaje en la zona se halla aquí.

Pero no fue fácil para Livingstone llegar hasta aquí. En 1849 cruzó el desierto del Kalahari en compañía del británico William Cotton Oswell, con quien descubrió el lago Ngami. A través del desierto de Kalahari llegaban rumores de un inmenso lago y de un lugar llamado "Humazo Ruidoso", el cual se creía que era una gran catarata de agua. Las sequías lo oprimían tanto en Colobeng, que Livingstone resolvió hacer un viaje de exploración para encontrar un lugar más apropiado para establecer su misión. Así fue como el l de julio de 1849, David Livingstone, junto con el jefe de la tribu, sus "guerreros", tres hombres blancos y su propia familia, salieron para atravesar el gran desierto de Kalahari. El guía del grupo, Romotobi, conocía el secreto de subsistir en el desierto cavando con las manos y chupando el agua de debajo de la arena mediante una caña sorbedora.

Fue en ese viaje, en junio de 1851, que descubrió el río más grande del África oriental, el Zambeze, río del que el mundo de entonces nunca había oído hablar.

En un párrafo que escribió, Livingstone, : "Uno de los ayudantes desperdició el agua que llevábamos en el carro y en la tarde apenas si quedaba un poquito para los niños. Pasamos esa noche muy angustiados, y al día siguiente, a medida que iba disminuyendo más y más el agua, tanto más la sed de los niños iba en aumento. El pensar que fuesen a perecer ante nuestros ojos, nos llenaba de angustia. En la tarde del quinto día sentimos un gran alivio cuando uno de los hombres volvió trayendo tanto de ese precioso líquido, como jamás antes lo habíamos pensado.

Livingstone, convencido de que era la voluntad de Dios que saliese para establecer otro centro de evangelización, y con una indómita fe de que el Señor supliría todo lo necesario para que se cumpliese su voluntad, después de descubrir para Occidente el Zambeze, continuaba avanzando sin vacilar hasta que descubrió las magníficas cataratas de Victoria, nombre que él dio a esas grandes caídas de agua en honor de la reina de Inglaterra.

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