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domingo, 9 de noviembre de 2014

SENDERISMO. BECQUER (y V).EL ENCINAR DE MADERUELA

No pueden ustedes figurarse el botín de ideas e impresiones que, para enriquecer la imaginación, he recogido en esta vuelta por un país virgen aún y refractario a las innovaciones civilizadoras. Al volver al monasterio después de haberme detenido aquí para recoger una tradición oscura de boca de una aldeana, allá para apuntar los fabulosos datos sobre el origen de un lugar o la fundación de un castillo, trazar ligeramente con el lápiz el contorno de una casuca medio árabe, medio bizantina, un recuerdo de las costumbres o un tipo perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar el antiguo y manoseado símil de las abejas que andan revoloteando de flor en flor y vuelven a su colmena cargadas de miel. Los escritores y los artistas debían hacer con frecuencia algo de esto mismo. Sólo así podríamos recoger la última palabra de una época que se va, de la que sólo quedan hoy algunos rastros en los más apartados rincones de nuestras provincias y de la que apenas restará mañana un recuerdo confuso.

BÉCQUER. CARTAS DESDE MI CELDA. IV

Hoy he salido como todas las mañanas con mi perro, Joy, a recorrer las faldas del Moncayo. He dejado el coche a pie de carretera todavía de noche y me he metido de lleno en la oscuridad del Encinar de Maderuela.  Existe una plana a la izquierda , justo a 2,7 kilometros del cruce camino del Mocayo para dejar el vehículo. Es de noche , media luna brilla en el alto cielo, he salido de noche porque mi afición a la fauna me lleva. En esta robledal que se extiende a los pies del Moncayo y a escasos dos kilómetros del Monasterio de Veruela, es fácil escuchar las aves en el amanecer cuando comienzan su jornada así como sorprender a los corzos en los barrancos

Camino despacio, mi perro alerta  y asustado de la noche oscura del robledal. Mis pasos se escuchan en el bosque destrozar las hojas secas. Da miedo, nada más adentrarnos en la espesura, reconozco uno de mis obejtivos, un corzo lanza su "aullido" de alerta, a los demás los intuyo, sus sombras, en la noche, huyen al fondo del barranco. Un momento sublime, emocionante, mi corazón se precipita del susto inicial. Ahora ya no hay lobos, pero antaño los hubo, aunque alguna huella en la húmeda tierra puede traernos recuerdos de ellos.

Sigo caminando ya de lleno en el encinar, seco para este tiempo, voy por fondo del barranco y de vez en cuando se salpica con un roble que aún no ha perdido la hojas, durante casi un hora ascedemos lentamente entre hojas secas y huellas de excrementos de pequeños mamiferos.  Acompañando al encinar encontramos especies como el majuelo o espino albar (Crataegus monogyna), el endrino (Prunus spinosa), el rosal silvestre (Rosa canina) y la gayuba o uva de pastor (Artostaphylos uvaursi). Cuando veo los endrinos no puede sino acordarme de mi amigo navarro Javier cuando viene a estos bosques acompañado de Luis a recoger endrinas para abastecer su Txoco. De buen seguro, conociendo su natural valentía , que espera a que se haga de día.

Aunque la fauna que se instala en estos bosques no es muy numerosa, la riqueza en especies es notable. Destaca el sapo corredor (Bufo calamita), al que no pude ver por la escazes de agua,  la abubilla (Upupa epops), la paloma torcaz (Columba palumbus), el águila culebrera (Circactus gallicus) y la culebra bastarda (Manpolon monspesulanus), mi perro las ladró pero sin atreverse a acercarse mucho.

Bajando por la solana, ya de regreso, me cruzo con el apicultor de Trasmoz. Me indica el camino correcto. Después supe que se llama Javier. No me dejó acercarme a los panales ya que está de limpia y es peligroso. Al final del bosque, nos cruzamos con un cortafuegos que cogemos a la derecha y no lleva a la parte alta del encinar donde éste se cruza con la carretera. Allí se divisa en toda su inmesidad la estampa del Moncayo.

En un recodo del camino entre campos yermos de cereal, Joy se alborota. Una galga de hermoso porte y ojos de diferentes colores, uno azul cielo y otro negro, nos saluda. Detrás viene su amo. Nos saludamos y hablamos, del tiempo, del camino, de la comarca y al final, decidimos recorrer juntos el último tramo hasta la carretera. Nunca imagine que en una hora llegará a descubrir el secreto de Gustavo Adolfo Bécquer. En su busqueda llegué hasta el Moncayo y hoy puedo decir que lo encontré.

Encontré en ese paseo con mi nuevo amigo, las charlas que Gustavo y Valeriano, su hermano pintor, mantenían con los habitantes de los pueblos. Mi amigo me comentó que si, que es cierto que el poeta se le montó un estatua en su pueblo Trasmoz, que se la buscó un poeta sevillano que ahora vive allí y que a veces, llegan los turistas a verla; tambien supe que Javier, el agricultor, vive en Zaragoza, pero que se escapa los fines de semana a cuidar las abejas, que le  encanta el oficio pero que ya no da para vivir de él. Que él mismo, vivió en Barcelona y Tarragona antes de jubilarse y regresar a su tierra.  Sus hijas vienen poco, a la juventud no le gusta el campo y las secas tierras aragonesas, prefieren la nieve de Jaca o las costas levantinas. De mi nuevo amigo, entendí la dureza de los campos que enamoraron a Gustavo Adolfo, la tranquila charlas de sus gentes, las belleza del Moncayo, porque para mi nuevo amigo, los árboles del campo, las nieves, cada día más escasa de la cumbre, los corzos a los que persigue su perra, las perdices pardillas que ya han desparecido, los escasos conejos, las ligeras liebres que les encanta perseguir a los dos, perro y amo, los almendros que se secan cargados de almendras y que nadie recoge porque no merece la pena lo que pagan y a los que el muérdago se está comiendo o los campos que permanecen yermos en espera de las lluvias que no llegan, todo eso es para mi nuevo amigo, la sal que la da la vida.

Como lo fue para Bécquer, una tierra que le devolvió la vida de tantos desengaños amorosos y le hizo revivir su alma meláncolica que más tarde nos dejaría su enorme Rimas y Leyendas. Gracias amigo.

Por cierto mi nuevo amigo, al que espero poder devolver la visita se llama Berjer y nació en Trasmoz.

2 comentarios:

  1. Pero hay que tener cuidado cuando estás cogiendo las endrinas, si te agachas viene por detrás Cipote Gato y..........

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  2. y ese año la patxarana sald´ra con mejor sabro o... entrara con mejor sabor jjajajaja, Javier que Cipote Gato es un cuento para niños

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