HISTORIAS CON ALMA: ISLA DE EL HIERRO

El fast ferry de Naviera Armas deja atrás la costa sur de La Gomera, se nota en el suave vaivén que empieza a acompañarnos nada más abandonar el refugio de aguas calmas que la isla del Garajonay nos ha prodigado. A lo lejos, como la silueta de un gran mamífero adormecido podemos entrever ya el perfil herreño con la sempiterna bruma del alisio aferrada a las estribaciones de Valverde. Nos acercamos a El Hierro y el corazón lo sabe porque comienza a mecerse al compás de las olas con el recuerdo de volcanes, riscos y llanuras verdes, recordando otros viajes y otras aventuras en la más pequeña de las Islas Canarias.
Nos espera la isla con alma, como tan acertadamente afirma la publicidad del Cabildo Insular. Eso es El Hierro, una amalgama de sensaciones y oportunidades, perfectamente mezclada para atrapar el sentido del viajero desde que pones el pie en el coqueto y acogedor Puerto de la Estaca o en el no menos pequeño Aeropuerto de Los Cangrejos. Por mar o por tierra el Hierro siempre recibe al visitante con una sonrisa encantadora y pícara que cautiva y deslumbra.

Hay una conjunción
especial de nubes al norte, en Valverde y el Mocanal, hay un cielo azul que
parece fundirse con el Atlántico bajo la atenta mirada de la roca negra y
marrón del volcán. La misma que nos dan los nombres de sus pueblos: Erese,
Guarazoca, Tiñor, Pozo de las Calcosas, Timijiraque…nombres que evocan la
historia de supervivencia de los Bim-a
chení, los bimbaches, habitantes pre hispánicos, en una isla con pocas
precipitaciones y cuyos habitantes se las ingeniaron para beber de la lluvia
horizontal del mítico árbol Garoé, que derramaba la humedad de los vientos
alisios atrapada entre sus hojas hacia las pozas de sus alrededores. Un secreto
que la princesa Guarazoca, enamorada de un castellano, reveló a los invasores.
Podría hablarles de
mil senderos cautivadores como el de El Julan, con su petroglifos, o la caída
imponente que desde La Peña o Jinama se adivina mirando los Roques del Salmor y
la recta de las Puntas, abajo, a los lejos.
Podría explicarles
de mil maneras lo que supone adentrarse en las aguas transparentes del Mar de
las Calmas, La Restinga o en la Cala de Tacorón mientras las viejas mordisquean
las rocas bañadas por el agua y los pejeverdes campan a sus anchas como una
pandilla de chiquillos ruines.

Podría hablarles de El Pinar, el municipio más joven de España que atesora una ingente cantidad de los resistentes pinos canarios. También podría hablarles de la devoción de los bimbaches por su pequeña virgen de Los Reyes que cada cuatro años recorre la isla entre los sonidos ancestrales de pitos y tambores, subiendo y bajando con los bailarines al frente, cruzando las rayas que delimitan el lugar donde un pueblo entrega a otro la apreciada imagen. Podría hablarles de un auténtico paraíso para el parapente o el submarinismo; podría tratar de explicarles lo que supone que este pequeño territorio vaya camino de convertirse en un lugar autosuficiente con energías renovables y limpias.
Podría, también,
explicarles lo que significó para esta tierra ser el Meridiano antes de que los
hijos de la Gran Bretaña se lo llevaran a Greenwich, pero…¿saben?, por mucho
que yo se los quiera describir con pelos y señales, no le voy a hacer justicia
a una tierra que es mucho más que eso, como el Faro de Orchilla, última luz
europea en ser vista por los marinos antes de adentrarse en el Atlántico camino
de América.
El Hierro es ver
crecer a tus hijos entre bajada y bajada de la Virgen, reencontrarte con tus
amigos esperándoles salir de sus labios el “ysús” y las eses y ces bien
diferenciadas, por cierto, no te preocupes si no conoces a nadie, a los 15
minutos te prendarás de alguien muy especial. El Hierro es caminar por Sabinosa
y levantar la vista hasta la Fuga de Gorreta, hogar secreto de los lagartos
gigantes, o caminar por el poblado de Guinea sorprendiéndote de la capacidad de
resistencia y trabajo del pueblo herreño, hecho cabañas de techos de paja y lo
mínimo imprescindible para vivir.
Por eso sólo puedo
hacerles una recomendación: hay que visitar El Hierro porque nada de lo que les
cuente nadie puede acercarse al terrible atractivo de esta pequeña tierra. Hay
que estar allí y llenarse de su armonía y rotundidad, de su cautivadora esencia
que como una amante traviesa y “sarpetona” te hace volver atrás la vista cuando
dejas atrás su cielo, su volcán y su mar. Porque eso es El Hierro, una isla con
alma.
Os dejo un vídeo para que la conozcais de cerca y un enlace por si quereis más información.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarUFFF NO CREO
EliminarHola Javier, gracias por tu comentario. Seguro que sí, por mucho que diga el Rivera.
EliminarCreo que nunca un sitio tan pequeño ha ofrecido tanto. Paisaje emoción y sentimiento, iremos seguro, en julio ó en febrero. Muchas gracias por tu magnífico relato.
ResponderEliminarpos no se yo si os vamos a llevar
EliminarBuenos días Josefina. Estaremos encantados de acompañarles y mostrarles nuestros rincones bimbaches. Cuenta con ello. Ah, y muchas gracias por comentar...
Eliminar¡Magnifica descripción! Entran ganas de visitar esta isla. Gracias Mon
ResponderEliminarA tí mi niña por leernos...A ver si te animas.
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