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miércoles, 25 de abril de 2018

MYANMAR(VI): EL MUNDO RURAL DE LA VIEJA MINGUN

Navegamos en un viejo barco con un motor ruidoso, un capitán que no deja de masticar betel con nuez moscada, y que nos sonrée con su boca roja de los líquidos y los ojos turbios del efecto de esta droga local. Su mujer nos enseña souvenirs y nosotros, miramos como pasa la vida por la orilla donde todo el mundo se afana en buscarse la vida. En el río, los barcos vienen y van en un traqueteo de mercancías, es el río Ayeryawadi, el mítico río donde los delfines y los hombres son hermanos de sufrimientos y donde los niños son muy felices en sus orillas.

Vamos a Mingun, una antigua capital budista hoy en semirruína y para ello, hacemos este trayecto en barco, no solo para disfrutar del ambiente ribereño, sino para comprobar in situ, el delicioso ambiente rural que se respira en este pequeño pueblo, 10 km. río arriba desde Mandalay.

Al bajar nos esperan las vendedoras locales que hablan todos los idiomas. Camiamos lentamente entre taxis tirados por bueyes y artistas locales. La joya de la corona de la zona aqueológica es la Mingun Paya (pagoda). Nuestro guía intenta explicarnos cosas sobre la magnificencia de este edificio, pero por mucho que lo intenta, solo vemos una vieja estupa en ruinas, mitad por la desidia de los restauradores, mitad por causa de los terremotos. Este templo es una estupa inacabada construida sobre una roca por el rey Bodawpaya en 1790. Quiso construir la mayor estupa del mundo. Pero, vete aqui, que su astrónomo real predijo que de ser acabada la estupa, el rey moriría y el imperio birmano desaparecería. Este, se acojono bastante y la dejo a medio hacer. Los habitantes del pueblo se fueron llevando muchas piedras para sus casas y otras se las llevo el río. Del resto os dejo la foto, gigante pero rota e inacabada. Eso si, nos paramos con muchos locales a charlar y conocer sus historias que nos parecieron mucho más interesante que la vieja estupa inacabada.



Un paseo entre vacas y artistas, nos lleva hasta el lugar más curioso de las ruinas: la campana de Mingun. El rey Bodawpaya quiso coronar su magna obra con una campana, pero no cualquier campana, la más grande del mundo conocido, y colocarla en lo más alto de la estupa. Ni una, ni otra. Si es cierto que es la mayor campana del mundo en funcionamiento, pero es la segunda campana más grande del mundo en general, la primera está en el Kremlin ruso.

Su construcción duró 2 años, tiene 3.65 m de altura, 15.50 m de diámetro y pesa ni más ni menos que 90 toneladas.

El rey ordenó asesinar al escultor que la diseñó, para que nunca nadie más pudiera hacer un trabajo parecido.Y, de seguro, que fue así, hoy es una atracción para turistas locales que se fotografían con ella y pagan religiosamente el donativo a los monjes. Por cierto, aquí viven la colonia de monjes más grande de Myanmar. Nosotros también le hicimos la foto y nos reímos con los turistas locales y con los monjes del viejo monasterio.



Y por último visitamos una joya para la fotografía, la pagoda Hsinbyume o Myatheindan, aquí si disfrutamos con la fotografía. Es probablemente, esta sí, la joya y la atracción más vistosas de Mingun. Parece una enorme y dulce tarta de merengue. Es totalmente blanca y simula las 7 cordilleras que rodean al monte Meru, una montaña mítica considerada sagrada por varias culturas, especialmente la budista.

Fue construida en 1816 por el rey Bagyidaw, – el sucesor del rey excéntrico de antes- ,en memoria de la princesa Hsinbyume que murió al dar a luz.También fue dañada por el terremoto de 1839, pero fue restaurada posteriormente. Allá anduvimos fotografíando peregrinos y monjes y departiendo con ellos sobre sus cosas, mitad en lenguaje de signos mitad con ayuda de nuestro guía birmano, si bien es cierto que esta gente solo habla un dialecto local difícil de entender.

Al final nos sentamos en una tienda con un artista local y hablamos de fútbol, que remedio cuando dices que eres de España, de la Dama y de las obras de artes, bastante buenas, pero bastante alejadas del precio que estaban tasadas. Nos supo mal no llevarnos una pero el bolsillo de este viajero no da para más.

Nos marchamos por donde vinimos, río abajo, tomando una cerveza y de nuevo viendo sonreir, como todo el mundo, menos los roginyas, en este país.

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