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jueves, 25 de julio de 2013

SIGUIENDO LAS HUELLAS DE ALEXANDER VON HUMBOLDT EN ESPAÑA (II). LANZAROTE


Después de haber presentado en el anterior post la escapadasiguiendo los pasos de Alexander von Humboldt en su primer viaje de exploración (1799-1804), hoy describimos como  Humboldt recaló en las Islas Canarias. La primera tierra que pisó fue la isla de La Graciosa. A él se deben las primeras referencias científicas sobre dicha isla y sobre el archipiélago Chinijo en general. El archipiélago Chinijo son un conjunto de pequeñas islas que se besan en el mar junto a la isla madre: Lanzarote

…/… En el seno de este archipiélago, raramente atravesado por los bajeles con rumbo a Tenerife, nos sorprendió la configuración de las costas. Nos creíamos transportados a los montes euganeanos en el Vicentino, o a las riberas del Rin cerca de Bonn. La forma de los seres vivos varía según los climas, y esta variedad extrema es la que da tanto atractivo al estudio de la geografía de las plantas y los animales, pero las rocas, acaso más antiguas que las causas que produjeron la diferencia de los climas en el planeta, son iguales en ambos hemisferios.
…/… Los vientos nos obligaron a pasar entre los islotes de Alegranza y Montaña Clara. Como nadie a bordo de la corbeta había navegado por este pasaje fue preciso echar el escandallo.
…/… Aprovechamos el bote para reconocer la tierra que se extendía tras una ancha bahía. Es indefinible la emoción que un naturalista experimenta cuando por primera vez llega a un suelo no europeo.
…/… Habiéndonos reembarcado al ponerse el sol, nos hicimos a la mar con una brisa demasiado floja como para continuar nuestra ruta a Tenerife. El mar estaba tranquilo y un vapor rojizo cubría el horizonte que parecía agrandar los objetos. En esa soledad, en medio de tantos islotes inhabitados, gozamos por largo tiempo del aspecto de una naturaleza imponente y salvaje. Las montañas negras de La Graciosa presentaban paredones escarpados de cinco a seiscientos pies de altura. Sus sombras, proyectadas sobre la superficie del océano, daban un carácter lúgubre al paisaje. Del seno de las aguas emergían rocas de basalto parecidas a las ruinas de un gigantesco edificio. Su existencia nos recordaba aquella época remota en que los volcanes submarinos dieron origen a nuevas islas o desgarraron los continentes. Todo cuanto nos rodeaba de cerca parecía anunciar la destrucción y la esterilidad, pero en el fondo de ese cuadro, las costas de Lanzarote nos ofrecían un aspecto más risueño. En un estrecho desfiladero, entre dos colinas coronadas por grupos esparcidos de árboles, se alargaba un pequeño terreno cultivado. Los últimos rayos del sol iluminaban trigales prestos a ser cosechados. El desierto mismo se anima desde que en él se reconocen huellas de la mano laboriosa del hombre.

Solo algunas líneas de aquel libro para recoger las sensaciones que el gran naturalista experimento en este archipiélago, patrimonio de la humanidad, reserva de la biosfera y Parque Nacional y nos muy distinto del que yo sentí ahora hace 20 años cuando puse por primera vez el pie en la isla. Gente huraña ante lo desconocido pero amable ante el amigo, isla hoy desbordada por el turismo y maltratada por la insularidad, conserva en sus fondos la vida que Humboldt no pudo ver y en sus escasos árboles la dureza del clima que la azota con las olas de calor africano solo soportable por los húmedos vientos que llegan del Atlántico y la cimbrean a menudo.

…/… Perdimos de vista los islotes de Alegranza, Montaña Clara y La Graciosa, que parecen no haber sido nunca habitados por los guanches. Hoy no se los frecuenta sino para recoger allí orchilla, producto que, sin embargo, es menos solicitado desde que tantas otras plantas liquenosas del norte de Europa ofrecieran sustancias adecuadas para los tintes. Montaña Clara es célebre por los hermosos canarios que se encuentran en ella. El canto de estos pájaros varía según el lugar, así como el de nuestros pinzones, que a menudo no es igual en dos cantones vecinos. Montaña Clara también tiene cabras, lo que prueba que el interior de este islote es menos árido que las costas que observamos. El nombre de Alegranza se ha construido por el de La Joyeuse, que dieron los primeros conquistadores de las Canarias, dos barones normandos, Jean de Béthencourt y Gadifer de la Salle

De las soledades volcánicas aprendemos cada día de una isla en permanente agitación, las cabras siguen estando allá como los canarios y hoy aquellos franceses son ingleses, alemanes y nórdicos que la toman muchos meses huyendo de las frías tierras del norte para recogerse en estas calmadas soledades. Humboldt no conoció a Cesar Manrique y no pudo descubrir como el artista amo y construyó en estas soledades.


Todo esto formara parte de nuestra expedición con Ecowildlife Travel siguiendo los pasos del naturalista alemán.

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